KOULA, 26 AÑOS, CONGO, CATÓLICO

Es jueves a las 8:30 de la mañana cuando Koula entra a la iglesia y comienza a dar la paz con un apretón de manos a todos los que están a su alrededor y le miran sorprendidos.

No entiende lo que el cura está diciendo, pero ha visto a los demás hacerlo y no ha tardado en comprender en qué parte de la celebración están. En la Iglesia de Santiago Apóstol, frente a la zona arqueológica de Tlatelolco, apenas hay seis personas, y Koula destaca entre ellas: es el único joven.

“En mi país las iglesias siempre están llenas, y la misa es casi como una fiesta, todos cantan y todos participan mucho. Aquí, en cambio, a veces hay 15 o 20 personas, y me da tristeza que la iglesia está casi vacía”, recuerda. “Al principio pensé que no había muchos católicos aquí, pero luego vi que hay una iglesia en cada esquina y me reconfortó. Ahora vengo todos los domingos a las 8 y espero a las 9, que comienza la ceremonia”.

Hoy Koula no pasa a comulgar porque no pudo asistir a la misa desde el principio, y eso le parece una falta de respeto. Lo primero que le pide a Dios es  que le ayude a realizar sus proyectos y que le otorguen el permiso de residencia para refugiados. “Uno no puede estar en un país de forma ilegal. No puedes trabajar, no puedes rentar… y viendo que yo no puedo regresar a mi país, le pido a Dios que me ayude con eso”.

 

 

Apenas termina la misa le preguntamos cómo llegó aquí, y una sola pregunta desata una larga historia que cuenta sin parar, como si hubiera estado necesitando contársela a alguien, que a alguien le importara escucharla. Esto es lo que dijo:

“Soy artista, canto y bailo, y el presidente actual hace 32 años que está en el poder. Mi país no tiene acceso a la educación, no hay escuelas, ni hospitales… y cuando vas al hospital es prácticamente ir a la muerte, porque no hay medicamentos, no hay enfermeras, no hay trabajo, no hay empleo. Es una dictadura lo que hay en el Congo. En 2015 el presidente quiso hacer una reforma a constitución para poder reelegirse por un tercer mandato. Yo quise expresarme e hice una canción protesta en la que decía: ‘Presidente, hace mucho que estás en el poder, déjalo a otra persona. Todo el tiempo hay arrestos ilegales, y torturas…’.

»Hubo alguien que se interesó por mi canción, un general de la oposición, que me invitó a un mitin para cantarla. Al cuarto día que yo le apoyé, donde hacía sus eventos, cuando volvía a la casa la policía me vino a buscar. Me dijeron que el comisario me quería ver: ‘Después de cantar esa canción, ¿crees que vas a cambiar este país? Tú no eres nadie, eres un joven. No te voy a hacer nada porque eres muy chico, y tengo hijos de tu edad, pero te voy a dar una lección’. Ellos me golpearon y me dieron una paliza. Al quinto día me liberaron y me dijeron que tenía que dejar de cantar. Si volvía a participar en eventos de la oposición, me cortaría la lengua.

»Convocamos una manifestación legal. Era una manifestación tranquila, llevábamos camisetas que decía ‘no al cambio de la constitución’. Pero el gobierno envió al Ejército y nos dispararon a todos: a niños, mujeres, incluso a los mayores. Yo estaba con amigos y escapamos. La Policía comenzó a buscar a los que estaban heridos y nos cogieron cuando estábamos intentando llevarlo a un amigo al hospital. Nos llevó la Policía en un furgón militar; la Policía en un furgón militar… Nos dijeron que habíamos intentado hacer un golpe de Estado. Pero, ¿cómo? No somos rebeldes, no teníamos armas, sólo somos el pueblo. Yo ni siquiera he podido ir al colegio: nací en 1990, en 1993 hubo una guerra civil. En 1997 otra guerra hasta 2004 y en 2010 hubo otra guerra. La manifestación era una forma de reivindicar mi rabia, yo no tenía futuro.

»Cuando nos llevaron, éramos 27 o 30 personas en una celda de 4 metros cuadrados. Sólo tenía derecho a comer una vez al día, un poco de pan y agua a las 5 de la mañana, y teníamos que terminar en 3 minutos. En cuanto terminabas, venía alguien a pegarte. Así, cada día. Estábamos allí y pasó un mes hasta que nos trasladaron a la comisaría central de la policía. Durante la manifestación habían disparado a mucha gente, y nuestros padres pensaban que estábamos muertos. Pero en la comisaría central, un amigo ha visto a un conocido, y le pidió que avisara a sus padres de que estaba allí. Sus padres se movilizaron, vinieron hasta la comisaría, pero le dijeron que no había nadie, aunque en ese momento nosotros estábamos allí. El hermano de mi amigo ha hablado con el policía, se entendió con él y el policía vino y nos tomó una foto. Esa foto se publicó en toda la ciudad para mostrar que los jóvenes que buscaban estaban en la comisaría central.

»Entonces nos desplazaron otra vez, ahora a una verdadera prisión. Ahí es donde he conocido las torturas más duras de toda mi vida. Nos pegaban todos los días, a cada hora, no comíamos. Es ahí donde me hicieron esta cicatriz ─dice, señalando su labio─. Me abrieron la boca, y estuve cuatro días herido, sin curas. Y se me infectó, se me hinchó toda la cabeza, así que decidieron llevarme al hospital. Yo debería estar muerto, pero Dios quiso que yo fuera el testigo de todo esto. En el hospital me encontré con un guardia del general de la oposición que me había contratado, y me reconoció. El militar me dijo que en ese estado en el que estaba, si decían que yo estaba muerto, todos nos van a creer. Así que me hice pasar por muerto y el militar avisó a mis padres para que esperan al camión de la morgue en una dirección precisa para ayudarme a escapar. A las 2 de la madrugada mis padres vinieron a buscarme en un taxi y mi madre decidió que lo mejor era salir del país. Cruzamos de Brazzaville a Kinsasa esa misma noche. Estuve allí casi dos meses. Llegué agonizando y con ayuda me fui curando, pero no podía volver a casa”.

Koula se siente bien en México respecto al lugar del que viene, dice. Médicos Sin Fronteras le va a operar el hombro, que todavía tiene dislocado desde las palizas que le daban hace dos años. Pero las preocupaciones no terminan: “Estoy esperando al resultado de mi solicitud de refugio en la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR). Me dijeron que eran 45 días y ya hace 5 meses que estoy aquí. A otras personas de Nicaragua, Guatemala, que en dos meses tienen sus papeles. Eso me hace preguntarme qué pasa con nosotros, los africanos, nos están discriminando. Cuando pienso en todo eso me frustra”.

Terminamos de hablar y Koula se santigua antes de salir de la Iglesia. “No tengo miedo, sé que Dios me va a ayudar”, dice.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *