DEFENSOR DE MIGRANTES SALE DEL PAÍS POR AMENAZAS

El hermano José Filiberto Velázquez, que ha dirigido hasta ahora el albergue de Hermanos del Camino en Ciudad de México, seguirá su labor de apoyo a los migrantes desde Estados Unidos.

 

El hemano José Filiberto junto al padre Alejandro Solalinde en una marcha por los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa. | Fotos cedidas por el hermano José Filiberto Velázquez.

                                                                             

Redacción  │ América Sin Muros

Esta semana, después del asesinato de dos curas en el Estado de Guerrero, y tras varias amenazas contra su vida, el hermano José Filiberto Velázquez tomó la decisión de abandonar el país. Tras varios años trabajando en favor de los migrantes y como responsable del albergue de Hermanos del Camino en Ciudad de México, Velázquez abandonará mañana el país para instalarse en Minnesota, Estados Unidos, donde continuará su labor de apoyo a los migrantes. “Estamos en un momento en el que México es un terreno inseguro para periodistas y defensores de derechos humanos. Para atender a los migrantes necesitamos una coordinación bien planeada y con recursos asegurados, y eso aún no existe”, asegura el religioso.

El hermano está al tanto de las cifras: durante el mandato de Enrique Peña Nieto se han registrado 106 asesinatos y 81 desapariciones de defensores de derechos humanos en México, según cifras de la Red Nacional de Organismos Civiles de Derechos Humanos. La misma Red ha documentado al menos 13 casos de agresiones a defensores de migrantes en los últimos meses, y ha alertado del aumento de las agresiones, intimidación y criminalización a los mismos. A eso se suma que en los últimos cinco años han muerto asesinados 21 curas en México, una cifra récord.

Velázquez había acompañado a las familias de los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa durante meses, y el 17 de enero fue acusado por el Gobierno de Guerrero de liderar la jornada ‘Justicia y Dignidad más 43’, que terminó con un grupo de jóvenes que vandalizó el Palacio de Justicia de Iguala. Ese es el principal detonante de su salida, cuenta el hermano, que siente que el gobierno estatal está tratando de acusarlo de forma arbitraria. “En Guerrero ya saben quién soy, con quiénes estoy y como está la situación ─advierte─. Varias organizaciones me han aconsejado que abandone por ahorita la lucha en Guerrero hasta que pueda tener más condiciones de seguridad o hasta que cambie el escenario político”.

 

Velázquez fue acusado de liderar los actos vandálicos ocurridos contra el Palacio de Justicia de Iguala el pasado 17 de enero.

 

A eso se suman las amenazas que ha recibido por parte de expandilleros que le exigían que les ayudara a regularizar su situación legal en México. Durante la última caravana del Viacrucis Guadalupano Migrante Solidario, el pasado noviembre, José Filiberto acompañó durante un tramo a los migrantes que transitaron de Tapachula hasta Tijuana. A su llegada a Ciudad de México, el hermano pidió ayuda para que muchos de ellos pudieran obtener documentos y transitar por el país sin peligro de ser detenidos. Pero entre ellos, había migrantes a quienes por sus antecedentes o porque siguen en las maras, se les negó la visa humanitaria, relata Velázquez. “Yo ni siquiera sabía que en la caravana venían personas con otras intenciones, y ahí es donde existe el riesgo en la atención a los migrantes ─cuenta─. Recibí amenazas de algunos de ellos que pensaron que era yo quien tenía que solucionar esta situación”.

 

Seguir ayudando en EU

 

Velázquez junto a la Brigada Humanitaria de Paz Marabunta, compuesta por migrantes que apoyaron tras los sismos de septiembre.

 

El hermano José Filiberto se hizo conocido por liderar un grupo de migrantes y refugiados centroamericanos que conformaron una brigada migrante de apoyo a los damnificados de los sismos del 7 y el 19 de septiembre de 2017 en Oaxaca y Ciudad de México. A través de la llamada Brigada Humanitaria de Paz Marabunta, los migrantes apoyaron a decenas de familias de comunidades afectadas: removieron escombros, participaron en rescates y contribuyeron a la reconstrucción de algunas casas. “Nosotros sabemos lo que es no tener nada, vamos de camino. Ahora hay muchos que lo han perdido todo y están como nosotros, ¿cómo no íbamos a ayudar?”, decían los migrantes cuando hablaban con los vecinos de Ixtepec frente a sus casas derribadas.

Para el hermano, ese fue un punto de partida que no pretende abandonar en Estados Unidos. “Vamos a llegar a Minnesota, donde hay una comunidad grande de migrantes de México y Centroamérica y existe una tradición hospitalaria con los migrantes que se ha visto afectada por las nuevas políticas del presidente. La idea es poder vincular a los migrantes, crear redes de apoyo y desarrollar proyectos que puedan funcionar en EU y en México”.

El hermano espera poder superar el asistencialismo para crear proyectos a largo plazo que permitan a los migrantes que llegan a México encontrar trabajo a través de vinculaciones con empresas. “Yo veo esto como una oportunidad de crecimiento personal; quiero crear una red internacional de ayuda para dos grupos específicos: los desaparecidos y los migrantes”, resume Velázquez.

 

José Filiberto junto a una de Las Patronas, en Veracruz, conocidas por su labor humanitaria de apoyo a los migrantes que viajan en La Bestia.

HERLINDO:
UN MIGRANTE

Cruzó el país tres veces para llegar a Estados Unidos y ahora es parte del 13.6% de migrantes que han encontrado en México su casa. Esta es la historia de Herlindo, un centroamericano que relata sus experiencias a bordo de La Bestia y viviendo en Ciudad de México.

 

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Irene Larraz │ América Sin Muros

“Está solo y lleva mucho dinero encima porque tiene miedo de que le deporten en cualquier momento. Le he escrito la dirección en un papel para que le ayudes, porque no sabe cómo volver a casa”, dice Elisa, la casera. Herlindo lleva casi un año en la Ciudad de México y solo conoce su casa y el club deportivo donde trabaja. Cuando le mencionas nombres de colonias o estaciones de metro sonríe sin reconocerlos. Sin embargo, este hombre que se pierde con facilidad, ha atravesado el país tres veces; él solo, con su mochila.

Herlindo cumple con el estereotipo de cualquier centroamericano del triángulo norte que deja su país para migrar a Estados Unidos, conseguir trabajo y enviar dinero a casa. Se podría decir que es un número indeterminado entre los 75,369 migrantes de Honduras, Guatemala y El Salvador que atravesaron el país el año pasado; el 85% del grueso de la migración que aterriza en México. Pero eso no hace su historia menos interesante.

Hace unos meses Herlindo decidió que no seguiría su viaje hasta Estados Unidos. Cada vez son más los migrantes que deciden establecerse en México, donde encuentran una vida tranquila y con posibilidades para salir adelante. De hecho, según la Red de Documentación de las Organizaciones Defensoras de migrantes (Redodem), aunque Estados Unidos sigue siendo el destino del 64.68% de los migrantes, el 13.67% de los que llegan a México se queda en el país.

Mientras tanto, Herlindo se sienta cómodo y sin que le pregunten nada, empieza a hablar: trabaja en un club deportivo cerca de Tasqueña. Los dueños son muy buena gente y sus compañeros también, dice. Ahí limpia, da mantenimiento y corta las plantas de martes a domingo por 4,800 pesos al mes. Y está feliz: “El trabajo está bien suave y lo mejor es que puedo estudiar por las tardes”. Ese ‘lo mejor’ es un ‘lo mejor’ de verdad: es la primera vez en su vida que va a la escuela y está aprendiendo a leer y escribir.

 

En busca de refugio

De pequeño vivía en un monte donde no había ninguna escuela, ni en el pueblo más cercano, ni tampoco en el siguiente. Se dedicaba a sembrar y cultivar el campo con sus ocho hermanos, y nunca la necesitó. Cuando tenía 7 años, su tío mató a su padre por unas tierras. Lo cuenta así, tal y como se lee, con total normalidad. Después del asesinato, su madre las tuvo que vender, por no decir regalar, y se marcharon a las afueras de Tegucigalpa con poco dinero y mucha necesidad. Herlindo trabajaba para ayudarle, pero apenas alcanzaba. Por eso, a los 12 años, decidió empacar sus cosas y marchar al norte.

Dicho así parece sencillo: “Subí al tren y me encontré gente buena en el camino que me iba dando comida y cosas. Como era pequeño les daba lástima y siempre me ayudaban. Cuando llegué a la frontera me di cuenta que no tenía para pagarle a los polleros. Pedían mucho dinero. Yo me quedé ahí, en Mexicali, y me fui haciendo su amigo, hasta que un día uno de ellos me cruzó. Yo le dije que le pagaría con lo que ganara, pero no aceptó. Me dijo que ellos ganaban ya mucho dinero, que mejor lo enviara a mi madre. También entre los polleros hay gente buena. Llegué a Houston y trabajé unos meses en un ‘car-wash’ con un chino de Corea. Pero me pagaba muy poco y no me alcanzaba casi para mandar. Después un mexicano y su esposa, salvadoreña, me llevaron a vivir con ellos y empecé a trabajar repartiendo flyers en Miami. Fuimos una vez y nos pagaron 800 dólares. Pero la segunda vez, cuando estábamos yendo, nos paró la policía y nos detuvo. Yo podía haber peleado mi caso, pero iba a tardar un año, ¿y después? A veces cambian de opinión y le dicen a uno que ya no. Así que preferí devolverme a Honduras, que me deportaran”.

La segunda vez tenía 17. Volvió en el tren, pero el viaje ya no era tan seguro, dice. Cuando llegó a la frontera, los polleros pedían 5,000 pesos por cruzar a alguien y 1,000 más de impuestos para el narco. Herlindo no llevaba ni la décima parte de dinero, así que decidió cruzar con droga. Durante algunos días cargó una mochila con 40 kilos de cocaína a la espalda y otra con comida y bebida en el pecho. Eran ocho, los demás mexicanos. “No te hagas el vivo, si llega la migra suelta todo y corre a la frontera”, le habían dicho. Así fue: llegó la migra, todos soltaron sus mochilas y corrieron. Pero a Herlindo lo alcanzaron. Él dijo que lo habían obligado y lo volvieron a deportar.

Lo cuenta todo despacio, con detalle, como si le acabara de pasar. Cuando quiere decir lo malo, lo evita, pasa de puntillas y sigue su recorrido por el lado de las sonrisas, cuando hizo un amigo, trabajó con las patronas o conoció a alguien que le ayudó.

A los 24 años, el año pasado, emprendió su tercer viaje, pero esta vez no llegaría a la frontera. “Volví a subirme al tren, pero tenía miedo. Había muchos hombres malos. Llegué a Veracruz y bajé para comer algo y descansar. Pasó el tren y me volví a subir, y como a la hora vi que la gente empezaba a saltar. ‘¿Qué pasará?’, pensé. Yo también iba a bajarme, pero el tren iba corriendo y yo no podía. No podía. Me quedé y al rato, como un poco después, llegaron unos hombres encapuchados, todo de negro y me dijeron: ‘¿Qué haces aquí?’. Yo les expliqué que el tren iba corriendo y no me podía bajar. ‘No puedes quedarte en este tren. En la siguiente estación te quedas’, dijeron. Les hice caso y en el siguiente pueblo bajé”.

El resto del trayecto lo hizo caminando por las vías del tren y en camión. Al principio no lo quiere contar y solo niega con la cabeza mientras repite:

“Pasan muchas cosas malas. Muchas cosas malas”.

Después, poco a poco habla de cómo vio a gente que se quedaba dormida y las ruedas les cortaban en dos cuando caían del tren. También recuerda a un señor con el que recorrió una parte del camino hasta que llegaron unos asaltantes todos de negro y les quisieron robar. Herlindo alcanzó a correr mientras le disparaban a los pies, pero el otro señor no.

 

México, una nueva casa

“Es muy difícil”, dice ahora. Pero ahora, en este momento, gran parte de lo que cuenta quedó atrás y se siente feliz, dice. Para él, México ha pasado de ser unos cuantos miles de kilómetros que debía atravesar para llegar a Estados Unidos, a convertirse en el lugar al que llama casa. No es el único: en los últimos años México ha dejado atrás su papel como país de tránsito y ahora es el destino de muchos.

Alejandra Carrillo, consultora para el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), explicó que el reto está en documentar que los migrantes se están quedando en el país, y de esa manera poder impulsar protocolos de atención, según recoge la revista Proceso. Pero mientras eso sucede los albergues se van llenando cada vez más.

Herlindo es parte de esas cifras ciegas, las que no figuran en estudios ni informes. No consta en ningún registro ni tiene ningún tipo de identificación porque, como a muchos, se lo robaron todo en el camino. Pero mientras tanto, su vida sigue y quiere inscribirse en una escuela de música para cumplir su sueño de ser cantante. Tal vez México le permita lograr lo que no consiguió en Estados Unidos.