CDMX, ¿CIUDAD SANTUARIO?



Ante la continua deportación de mexicanos a territorio nacional, se pide a las autoridades que las organizacionesde gobierno sean “amables” con los trámites que mujeres y hombres requieren.

 

Mónica Vázquez Ruiz  |  América Sin Muros

 

En el marco del conversatorio “Migrantes: retorno e identidad”, -organizado en la Cámara de Diputados, en la Ciudad de México, en coordinación con el colectivo Deportados Unidos en la Lucha- se abordaron las problemáticas de la población migrante deportada al momento de optar por una identificación oficial.

 

Ni de aquí, ni de allá

Una ciudad santuario es aquella que facilita los trámites y documentos legales a los migrantes recién llegados o que viven en ésta como seres invisibles. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva con el objetivo de reducir fondos para estas ciudades. A pesar de sus acciones, los gobernadores y habitantes de algunos estados han decidido mantenerse firmes ante la postura antiinmigrante del mandatario.  En 2017, Luis Wertman Zaslav, presidente del Consejo Ciudadano de la Ciudad de México, anunció que la capital de la República se convertiría en una ‘Ciudad Santuario’.  A un año de la decisión, ¿se han tomado las medidas necesarias?

La identidad jurídica es un derecho humano que buscan las personas retornadas a México desde Estados Unidos. Esta identidad brinda a las personas un nombre, nacionalidad, registro y les garantiza ser sujetos de derechos dentro del Estado. Al regresar a su país de origen, hombres y mujeres reciben una Clave Única de Registro de Población (CURP) y la constancia de repatriación, pero con estos documentos no logran obtener un acta de nacimiento y menos una identificación oficial como credencial de elector. “Se debe de facilitar el acceso a los derechos humanos a las personas que llegan deportadas y sin documentos. Aunque tienen constancia de repatriación, a estas personas no se les permite sacar una licencia de conducir. La Ciudad de México debe de ser santuario”, comenta la Lic. María Dolores Unzueta, Secretaria General y Representante legal Yaotlyaocihuatl Ameya A.C. durante el conversatorio “Migrantes: retorno e identidad”, en la Cámara de Diputados.

Incluso, las personas que ya obtuvieron un acta de nacimiento y un domicilio no pueden acceder a una credencial de elector ya que por momentos electorales no se expiden éstas por parte del Instituto Nacional Electoral (INE). Por lo que se ha solicitado una reforma a la ley electoral que permita a los recién llegados acceder a una identificación oficial. Uno de las controversias es el posible “turismo electoral” que esto puede implicar, a lo que se ha propuesto que las credenciales expedidas en este periodo no tengan derecho al voto, solo sirvan como documentos oficiales.

 

Muros internos construidos en México

Durante el conversatorio se expusieron nuevas problemáticas que existen y que de “no ser por Trump” no hubieran salido a la luz. Por ejemplo, los deportados mexicanos necesitan un domicilio para tramitar credenciales o licencias, pero en ocasiones regresan a su país sin un techo, se pide que ellos puedan domiciliar a una oficina de gobierno o un albergue.  También se planteó la problemática de aquellos jóvenes que antes de partir a Estados Unidos no estuvieron inscritos en el padrón electoral, por lo que no existe registro alguno de ellos. Ante las nuevas exigencias el INE amplió el derecho a identidad a todas las personas que se dieron de alta desde hace 10 años. Sin embargo, los nuevos fenómenos sociales exigen nuevas soluciones.

“Hasta para entrar a un edificio público se requiere un documento de identidad. Pero como deportados no podemos acceder a este derecho, esto no debería de estar pasando en nuestro país. Tenemos el derecho a ser mexicanos. Fuimos indocumentados en Estados Unidos, regresamos y seguimos siendo indocumentados”, comentó Ana Laura López, vocera del grupo Deportados Unidos en la Lucha.

 

“Los desafíos”, según la Dra. Leticia Calderón Chelius, “van más allá de Trump, hay muros internos que hemos puesto como mexicanos”, concluye la doctora en Ciencias Sociales.

 

Los deportados en México piden cambios a las leyes para acceder a la identidad jurídica en su propio país. Crédito: Archivo ASM

LA INYECCIÓN ‘ANTI-MÉXICO’ QUE SE APLICAN LAS MUJERES MIGRANTES

 

Decenas de mujeres centroamericanas se preparan con métodos anticonceptivos para evitar embarazos indeseados, ya que son conscientes de que pueden sufrir abusos y violaciones durante su viaje hacia Estados Unidos.

 

 

Migrantes centroamericanos viajan sobre el tren conocido como “La Bestia”, en su paso por México para llegar a Estados Unidos. Crédito: John Moore/Getty Images

 

 

Mónica Vázquez │ América Sin Muros

La violencia y la falta de recursos económicos son algunas de las causas que impulsan a las mujeres centroamericanas a dejar sus países de origen y viajar hacia Estados Unidos. Ellas emprenden el viaje aun sabiendo de los abusos sexuales que sufrirán en el camino por México.

Solas, con hijos o acompañadas por amigos y parientes las mujeres migrantes viajan sin documentos, lo que las lleva por un camino lleno de extorsiones, abusos sexuales, violaciones, trata de personas o incluso la muerte. Las mujeres centroamericanas saben que cruzar México no será fácil, y entre ellas corre la voz de la necesidad de protegerse de la violencia sexual que probablemente vivirán. De hecho, muchas de ellas se aplican un método anticonceptivo conocido como ‘la inyección anti-México’.

“Si te violan, no quedas embarazada. Y sólo tendrás en el futuro el trauma del evento, pero no un bebé a causa de la violación”, cuenta una mujer migrante en los relatos recuperados en el estudio ‘Mujeres en Fuga’, del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Se rumora que esta inyección viene incluida en los paquetes que ofrecen los coyotes para cruzar México, pero no hay información exacta que lo confirme. Lo que sí se conoce es la preocupación de las mujeres migrantes al respecto, ya que en caso de acudir a un centro de salud, ellas solicitan que se les apoye con un método anticonceptivo para continuar el viaje. “No hay datos que nos dejen concluir dónde consiguen el anticonceptivo en sus países de origen. Se piensa que lo adquieren por sí solas o en centros de salud”, comenta Miriam De León, coordinadora médica de los proyectos de Médicos Sin Fronteras (MSF) para migrantes centroamericanos en México.

 

La búsqueda de protección sexual

El anticonceptivo más frecuente que usan las mujeres para el viaje por México es la inyección Depo-Provera, la cual con una aplicación reduce el riesgo de embarazo durante tres meses. En ocasiones el viaje hacia Estados Unidos dura más, dependiendo de la ruta y los medios utilizados por las mujeres; por lo que, una sola inyección no les es suficiente para llegar a su destino. “Durante su movilidad, algunas mujeres contactan al equipo de MSF y presentan la inquietud de consumir y continuar con los anticonceptivos”, agrega De León.

Aunque existen métodos de planificación familiar con una duración de hasta cinco años, como el implante, los costos son muy altos y la disponibilidad es limitada en Centroamérica. “No es una decisión de salud reproductiva o de planificación familiar. Ellas optan por anticonceptivos porque saben que corren el riesgo de ser abusadas sexualmente, y deciden, por lo menos, tener bajo control el tema de no quedar embarazadas”, concluye la coordinadora médica.

Se tiende a generalizar el uso de anticonceptivos en las mujeres migrantes, sin embargo, muchas huyen de sus países sin siquiera planificar el viaje, mucho menos su salud reproductiva. La falta de recursos económicos y de información juega un papel determinante. Ada, originaria de Tela, en Honduras, lleva dos meses viajando junto con su esposo y primo. Ellos dejaron su ciudad a pie y por consejos de la gente llegaron a Ixtepec, Oaxaca, caminando entre montes y subiendo a los trenes. “No hablamos con ningún coyote, tampoco lo haremos en el norte, no tenemos dinero. Cruzaremos solos”, comenta Ada.

 

 

Mujer descansa con sus compañeros de viaje junto a las vías del tren. Crédito: Jan Sochor/Latincontent/Getty Images

 

Víctimas de la violencia

Alrededor de 500,000 inmigrantes entran cada año a México. Sin embargo, por su invisibilidad y su continuo tránsito, es difícil tener información exacta. En el último informe de MSF entrevistaron a 467 migrantes y refugiados que la organización atendió, de los cuales el 68.3% dijo haber sido víctima de la violencia durante la ruta hacia Estados Unidos. Casi un tercio de las mujeres habían sufrido abusos sexuales durante el viaje. El 60% de las 166 víctimas de violencia sexual atendidas habían sido violadas; el resto sufrieron otro tipo de agresiones y vejaciones sexuales, incluida la desnudez forzada, según datos de MSF. Si bien, no todos los entrevistados aceptaron responder a las preguntas relativas a violación sexual.

Muchas organizaciones confirman que este porcentaje de violaciones sexuales es mayor, pero es complicado obtener datos fidedignos pues solo una mínima parte de las víctimas llegan a un centro de salud para pedir ayuda. Las personas sienten miedo a ser criticadas por el personal médico, no saben que requieren atención, ni que tienen el derecho a recibirla. Incluso temen sufrir mayores abusos o ser deportadas. 

Cruzar México pareciera una aventura épica de las narradas en las historias medievales, pero en esta, los actores principales provienen del Triángulo Norte de Centroamérica (TNC): El Salvador, Honduras y Guatemala. Estos países ocupan respectivamente el primero, segundo y cuarto lugar en tasas de feminicidios a nivel mundial, según la Declaración de Ginebra. En su paso por México, el riesgo no es menor. Desafortunadamente, ellas están acostumbradas a altos índices de violencia lo que les hace difícil aceptarla y verbalizarla, y complejiza la recolección de datos que reflejen la gravedad de la situación.

“La mayoría de las mujeres con las que tuvimos contacto durante nuestra investigación de campo habían sufrido violencia”, comenta Karla Valenzuela Moreno, coordinadora de la Maestría en Estudios sobre Migración de la Universidad Iberoamericana. “Hablamos con mujeres que no sabían que eran víctimas. Una vez nos contaron que un doctor les pidió que se formaran, se desnudarán y giraran en círculos. Por supuesto, eso es violencia, pero ellas no lo detectan”, concluye Valenzuela, también fundadora del Laboratorio de Investigación Social Justicia en Movimiento.

 

El costo de una vida mejor

Durante su trayecto, las mujeres migrantes se enfrentan al acoso sexual de sus compañeros de viaje y por parte del coyote. A Claudia (nombre supuesto), que viajaba desde Guatemala con su hija, el coyote la violó a diario durante 20 días. A cambio, él le ofreció una tarifa reducida de tráfico si ella aceptaba tener relaciones sexuales. Ella sólo accedió porque temía que matara o violara a su hija si protestaba, según declaró en el informe ‘Mujeres en fuga’ de ACNUR.

La violencia sexual se ha normalizado y ya es parte de lo que se espera en esta ruta a cambio de protección, guía y ayuda para llegar al destino. Uno de los problemas a vencer es que la salud de las mujeres y hombres que transitan por la frontera sur y norte de México no está registrada en su totalidad.  

Con muy poco que ganar y mucho que perder, la migración femenina e infantil ha aumentado en los últimos años. Ante este panorama de desesperanza, las mujeres aseguran que “no todo está perdido” y, aun sabiendo que sus posibilidades de llegar seguras son pocas, deciden emprender el viaje.

HERLINDO:
UN MIGRANTE

Cruzó el país tres veces para llegar a Estados Unidos y ahora es parte del 13.6% de migrantes que han encontrado en México su casa. Esta es la historia de Herlindo, un centroamericano que relata sus experiencias a bordo de La Bestia y viviendo en Ciudad de México.

 

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Irene Larraz │ América Sin Muros

“Está solo y lleva mucho dinero encima porque tiene miedo de que le deporten en cualquier momento. Le he escrito la dirección en un papel para que le ayudes, porque no sabe cómo volver a casa”, dice Elisa, la casera. Herlindo lleva casi un año en la Ciudad de México y solo conoce su casa y el club deportivo donde trabaja. Cuando le mencionas nombres de colonias o estaciones de metro sonríe sin reconocerlos. Sin embargo, este hombre que se pierde con facilidad, ha atravesado el país tres veces; él solo, con su mochila.

Herlindo cumple con el estereotipo de cualquier centroamericano del triángulo norte que deja su país para migrar a Estados Unidos, conseguir trabajo y enviar dinero a casa. Se podría decir que es un número indeterminado entre los 75,369 migrantes de Honduras, Guatemala y El Salvador que atravesaron el país el año pasado; el 85% del grueso de la migración que aterriza en México. Pero eso no hace su historia menos interesante.

Hace unos meses Herlindo decidió que no seguiría su viaje hasta Estados Unidos. Cada vez son más los migrantes que deciden establecerse en México, donde encuentran una vida tranquila y con posibilidades para salir adelante. De hecho, según la Red de Documentación de las Organizaciones Defensoras de migrantes (Redodem), aunque Estados Unidos sigue siendo el destino del 64.68% de los migrantes, el 13.67% de los que llegan a México se queda en el país.

Mientras tanto, Herlindo se sienta cómodo y sin que le pregunten nada, empieza a hablar: trabaja en un club deportivo cerca de Tasqueña. Los dueños son muy buena gente y sus compañeros también, dice. Ahí limpia, da mantenimiento y corta las plantas de martes a domingo por 4,800 pesos al mes. Y está feliz: “El trabajo está bien suave y lo mejor es que puedo estudiar por las tardes”. Ese ‘lo mejor’ es un ‘lo mejor’ de verdad: es la primera vez en su vida que va a la escuela y está aprendiendo a leer y escribir.

 

En busca de refugio

De pequeño vivía en un monte donde no había ninguna escuela, ni en el pueblo más cercano, ni tampoco en el siguiente. Se dedicaba a sembrar y cultivar el campo con sus ocho hermanos, y nunca la necesitó. Cuando tenía 7 años, su tío mató a su padre por unas tierras. Lo cuenta así, tal y como se lee, con total normalidad. Después del asesinato, su madre las tuvo que vender, por no decir regalar, y se marcharon a las afueras de Tegucigalpa con poco dinero y mucha necesidad. Herlindo trabajaba para ayudarle, pero apenas alcanzaba. Por eso, a los 12 años, decidió empacar sus cosas y marchar al norte.

Dicho así parece sencillo: “Subí al tren y me encontré gente buena en el camino que me iba dando comida y cosas. Como era pequeño les daba lástima y siempre me ayudaban. Cuando llegué a la frontera me di cuenta que no tenía para pagarle a los polleros. Pedían mucho dinero. Yo me quedé ahí, en Mexicali, y me fui haciendo su amigo, hasta que un día uno de ellos me cruzó. Yo le dije que le pagaría con lo que ganara, pero no aceptó. Me dijo que ellos ganaban ya mucho dinero, que mejor lo enviara a mi madre. También entre los polleros hay gente buena. Llegué a Houston y trabajé unos meses en un ‘car-wash’ con un chino de Corea. Pero me pagaba muy poco y no me alcanzaba casi para mandar. Después un mexicano y su esposa, salvadoreña, me llevaron a vivir con ellos y empecé a trabajar repartiendo flyers en Miami. Fuimos una vez y nos pagaron 800 dólares. Pero la segunda vez, cuando estábamos yendo, nos paró la policía y nos detuvo. Yo podía haber peleado mi caso, pero iba a tardar un año, ¿y después? A veces cambian de opinión y le dicen a uno que ya no. Así que preferí devolverme a Honduras, que me deportaran”.

La segunda vez tenía 17. Volvió en el tren, pero el viaje ya no era tan seguro, dice. Cuando llegó a la frontera, los polleros pedían 5,000 pesos por cruzar a alguien y 1,000 más de impuestos para el narco. Herlindo no llevaba ni la décima parte de dinero, así que decidió cruzar con droga. Durante algunos días cargó una mochila con 40 kilos de cocaína a la espalda y otra con comida y bebida en el pecho. Eran ocho, los demás mexicanos. “No te hagas el vivo, si llega la migra suelta todo y corre a la frontera”, le habían dicho. Así fue: llegó la migra, todos soltaron sus mochilas y corrieron. Pero a Herlindo lo alcanzaron. Él dijo que lo habían obligado y lo volvieron a deportar.

Lo cuenta todo despacio, con detalle, como si le acabara de pasar. Cuando quiere decir lo malo, lo evita, pasa de puntillas y sigue su recorrido por el lado de las sonrisas, cuando hizo un amigo, trabajó con las patronas o conoció a alguien que le ayudó.

A los 24 años, el año pasado, emprendió su tercer viaje, pero esta vez no llegaría a la frontera. “Volví a subirme al tren, pero tenía miedo. Había muchos hombres malos. Llegué a Veracruz y bajé para comer algo y descansar. Pasó el tren y me volví a subir, y como a la hora vi que la gente empezaba a saltar. ‘¿Qué pasará?’, pensé. Yo también iba a bajarme, pero el tren iba corriendo y yo no podía. No podía. Me quedé y al rato, como un poco después, llegaron unos hombres encapuchados, todo de negro y me dijeron: ‘¿Qué haces aquí?’. Yo les expliqué que el tren iba corriendo y no me podía bajar. ‘No puedes quedarte en este tren. En la siguiente estación te quedas’, dijeron. Les hice caso y en el siguiente pueblo bajé”.

El resto del trayecto lo hizo caminando por las vías del tren y en camión. Al principio no lo quiere contar y solo niega con la cabeza mientras repite:

“Pasan muchas cosas malas. Muchas cosas malas”.

Después, poco a poco habla de cómo vio a gente que se quedaba dormida y las ruedas les cortaban en dos cuando caían del tren. También recuerda a un señor con el que recorrió una parte del camino hasta que llegaron unos asaltantes todos de negro y les quisieron robar. Herlindo alcanzó a correr mientras le disparaban a los pies, pero el otro señor no.

 

México, una nueva casa

“Es muy difícil”, dice ahora. Pero ahora, en este momento, gran parte de lo que cuenta quedó atrás y se siente feliz, dice. Para él, México ha pasado de ser unos cuantos miles de kilómetros que debía atravesar para llegar a Estados Unidos, a convertirse en el lugar al que llama casa. No es el único: en los últimos años México ha dejado atrás su papel como país de tránsito y ahora es el destino de muchos.

Alejandra Carrillo, consultora para el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), explicó que el reto está en documentar que los migrantes se están quedando en el país, y de esa manera poder impulsar protocolos de atención, según recoge la revista Proceso. Pero mientras eso sucede los albergues se van llenando cada vez más.

Herlindo es parte de esas cifras ciegas, las que no figuran en estudios ni informes. No consta en ningún registro ni tiene ningún tipo de identificación porque, como a muchos, se lo robaron todo en el camino. Pero mientras tanto, su vida sigue y quiere inscribirse en una escuela de música para cumplir su sueño de ser cantante. Tal vez México le permita lograr lo que no consiguió en Estados Unidos.

CASAS HOGAR RECIBEN A DECENAS DE NIÑOS MIGRANTES NO ACOMPAÑADOS SIN CONTAR CON PROTOCOLOS PARA SU ATENCIÓN

Cuatro de cada diez menores que residen en algunos albergues como el Centro Amanecer de Coyoacán, son migrantes. Un estudio alerta de que no hay modelos para cubrir sus derechos fundamentales, como el acceso a la educación.

 

En 2016 fueron detenidos 40,114 menores que atravesaban el país.

 

Redacción │ América Sin Muros

En 2016 México sólo reconoció a 130 menores migrantes no acompañados como refugiados; menos del 1% de los 17,557 niños que fueron detenidos durante ese año, y muchos menos de los que transitaron por el territorio. En su mayoría, el 97%, vienen de Centroamérica, y casi el mismo porcentaje, un 96%, fueron devueltos a su país de origen.

Mientras ese retorno sucede, los menores han comenzado a engrosar las casas hogar del DIF, transformando por completo la realidad de estos albergues. Un estudio dirigido por la profesora Gabriela Ruiz, académica de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM, señala que en algunas casas hogar la población de niños migrantes ya representa 4 de cada 10 menores. Es el caso del Centro Amanecer para niños, que alberga a menores de 9 a 12 años en la delegación Coyoacán de la Ciudad de México.

Sin embargo, las casas hogar no cuentan con protocolos adecuados para una atención especializada, y la estancia de menores ha pasado de dos o tres días a más de tres meses, agravando la falta de atención que los niños requieren, señala la investigadora. “Hoy, bajo las condiciones de violencia estructural, muchos (niños) buscan su estatus de refugiado, y eso hace que puedan pasar tres meses en las casas, pero no hay modelos para cubrir sus derechos fundamentales en ese tiempo, como educación, por ejemplo; esos niños no se incorporan a escuelas”, señala Ruiz, quien agrega que “es urgente generar estas estrategias y enfoques de atención para atender las problemáticas con las que vienen”.

Tanto Ruiz como Mayra Rojas, directora de la asociación civil Infancia Común, señalan que se necesita una política de protección a la niñez migrante y denuncian que el personal no está capacitado para atender a estos menores: “La mayoría de los niños que llegan tienen problemas traumáticos. Sus condiciones son distintas y no se les puede atender de la misma manera que al resto. Lo que observamos es que no los mezclan con población durante los primeros días, están aislados, pero no hay un procedimiento de reparación. No son notificados de que pueden hacer una llamada telefónica o tener asesoría legal, y esto nos habla de que están siendo revictimizados nuevamente”, agrega Ruiz.

El propio secretario ejecutivo del Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes (Sipinna), Ricardo Bucio Mújica, reconoció en una entrevista con El Universal que “nunca fue agenda del DIF ni de ninguna otra dependencia, crecieron estos fenómenos de manera grave y no hay autoridades que intervengan”, afirmó.

 

Carmen huyó de Honduras con sus 5 hijos después de haber recibido amenazas de muerte. Hoy viven en un albergue financiado por ACNUR en México. | ACNUR / Sebastian Rich.

 

Pese a que el número de solicitudes de asilo presentadas por niños no acompañados aumentó en un 65% en 2016, según Acnur, no existen protocolos para la atención de estos casos. De hecho, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) denunció que: “los ejemplos y testimonios que se plasman en los informes de organismos internacionales y OSC evidencian no solo la falta de capacidad del personal del INM y de otras instancias para comunicarse asertivamente con las niñas, niños y adolescentes en contexto de migración internacional no acompañados, sino la falta de preparación, de capacitación y de experiencia”.

Según el informe de la CNDH, los migrantes de 0 a 19 años ya representan el 23% del total de la población migrante. La mayoría de los menores que viajan solos salieron de sus países de origen motivados por la violencia que viven (48.6%), motivos económicos (29.2%), o buscando la reunificación familiar (22.2%), según la CNDH.

Para Mayra Rojas la situación aún es más grave si se tiene en cuenta que los menores son expuestos a graves riesgos cuando son repatriados y recuerda que en Honduras a los adolescentes deportados les llaman ‘muertos vivientes’. “Sabemos que ni una cuarta parte de los niños que migran solos llega a su destino. Y en los albergues de menores el Estado está desbordado; las propias autoridades no entienden su situación y los revictimizan”, señala.

 

El interés superior de la niñez

Tanto Unicef como otras agencias internacionales han manifestado que los menores atrapados en la crisis global de migración deben ser tratados en primer lugar y en todo momento como niños, sin importar su nacionalidad o estatus migratorio ni el de sus padres. Sin embargo, en México no sucede así, señala Gabriel Contreras, abogado y activista en la CNDH.

La niñez migrante no acompañada tiene un nivel extremo de vulnerabilidad. Por eso, para Contreras no son migrantes, sino exiliados que buscan un asilo. “Los niños van huyendo; saben que su papá o su mamá se fueron a  California y su idea es ir a buscarlos. Toman la iniciativa, agarran sus cosas y van sobreviviendo de forma inusual en el camino”, dice el experto. Pese a ello, la mayoría no alcanza su destino: en 2016 fueron detenidos 40,114 menores que atravesaban el país.

Antes de que la Ley General de Protección a la Niñez entrara en vigor, la población de menores no acompañados en centros de detención del Instituto Nacional de Migración aumentó en un 300% entre 2014 y 2015, sometiéndolos a contextos no aptos para menores donde no se les garantizaba la protección de sus derechos. “Hace un par de años no existía siquiera un registro de qué pasaba con esos niños. Ahora la autoridad que los detiene tiene que avisar al DIF, y los protectores de la niñez los derivan a los centros de asistencia, pero después de eso tampoco hay un seguimiento”, explica Contreras.

Después de su estancia en las casas hogar, la mayoría de los menores son deportados sin haber tenido oportunidad de solicitar asilo o contar con apoyo legal para resolver su situación. De hecho, el 96.7% de los adolescentes no cuenta con asesoría legal ni con tutor o una persona de confianza que defienda sus intereses durante el proceso de deportación, según indica la CNDH.

 

12 ESTUDIANTES SIRIOS BUSCAN UNA NUEVA OPORTUNIDAD EN MÉXICO

El Proyecto Habesha planea traer a una treintena de jóvenes que huyen de la guerra en Siria para que puedan continuar sus estudios universitarios. Doce de ellos ya están en el país. De fondo, surge una pregunta: ¿México sigue siendo un país de acogida?

 

Amer Bahra llegó hace seis meses para estudiar Traducción e Interpretación por medio del Proyecto Habesha. Fotos cedidas por Proyecto Habesha.

 

Irene Larraz │ América Sin Muros

Hay algunos que no saben dónde está Siria. Otros nunca han visto a una mujer con hiyab, y cuando ven a una de sus compañeras usarlo se toman fotos con ella, como si fuera una artista famosa, dice. Aunque parezca extraño, eso les ayuda a integrarse sin los prejuicios contra los sirios que hay en Europa o en Estados Unidos, explica Amer Bahra, estudiante sirio, cuando le preguntan por su llegada a México. Amer sonríe y cuenta alguna de sus experiencias en estos últimos cinco meses en el país, al que llegó para estudiar Traducción e Interpretación por medio del Proyecto Habesha, una iniciativa de la sociedad civil que busca apoyar a 30 jóvenes sirios para que continúen sus estudios superiores en México.

Primero llegan a Aguascalientes, donde aprenden español, deciden qué van a estudiar y siguen cursos de historia, sociología y matemáticas, para adaptarse a su país de acogida. Después de seis meses o un año se van a distintas ciudades del país, como Querétaro, Ciudad de México, Puebla, Guadalajara, Monterrey, Morelia o Hermosillo y comienzan sus licenciaturas o maestrías en Comunicación, Administración o Arquitectura, entre otras, cuenta Adrián Meléndez, fundador y director del Proyecto Habesha.

“Nos dimos cuenta que dentro de toda la operación humanitaria en Siria, estaba ausente este sector de la población refugiada, que son los jóvenes, y que están imposibilitados de continuar sus estudios a causa de este conflicto armado. Creemos en la importancia de formar a la gente que será responsable de reconstruir la sociedad en todos los aspectos del posconflicto: infraestructura, tejido social, academia”, explica Meléndez.

Aunque la experiencia tiene año y medio de recorrido y ya hay 12 jóvenes sirios estudiando en México, todavía falta camino por hacer, y Meléndez aboga por seguir obteniendo recursos para financiar los cerca de 9,000 dólares que cuesta traer a cada joven.

 

 

Traer a cada joven cuesta alrededor de 9,000 dólares y el proyecto sigue buscando fondos para seguir apoyando a otros estudiantes.

 

En 2014 comenzaron con lo que Adrián llama “un amplio, amplio, amplio periodo de sensibilización y análisis” sobre qué se necesitaba. Tuvieron que emprender acuerdos con universidades para obtener becas totales, acordar con la SEP la revalidación de títulos de bachillerato, aun cuando les faltara un certificado o un sello, y configurar un sistema de aprendizaje de la lengua y adaptación a su nuevo entorno. “Fue todo un año de preparación, nos reunimos con la ACNUR, la SEP, la Unidad de política Migratoria, el INM y muchos más para tratar de identificar todas las piezas del rompecabezas”.

Para Amer esas piezas tardaron un año más en encajar. “Yo apliqué a los 22 años, ahora tengo 24; bueno, un año y medio en total”, dice ahora, después de terminar una ponencia en el seminario ‘Migración forzada reciente’, organizado por el Colegio de México. Cada marzo, en Siria, llega el momento de ir al Ejército para muchos jóvenes. Para Amer, el 15 de marzo de 2016 era su último llamado. “Si no salía, tenía que ir al Ejército y, como saben, en una guerra civil es ir a matarse entre hermanos”, cuenta. Habesha todavía no había reunido todo el dinero para traerlo, así que la familia de Amer vendió y el coche y le pagó el viaje a Ecuador. El vuelo fue así: Damasco-Beirut (Líbano)-Estambul (Turquía)-Bogotá (Colombia)-Quito (Ecuador). Una odisea.

Habesha hace una selección exhaustiva; no importa si están en un campo de refugiados en Iraq, en una ciudad sitiada en el interior de Siria o si no ha podido regular su situación migratoria, busca a estudiantes motivados y se compromete a traerlos. Si bien, eso trae consigo algunos problemas: “El pasaporte sirio no les permite viajar ni por Europa ni por EU, lo que significa que tienen que viajar a Rusia o Cuba y de ahí a México. Todo ese proceso es altamente costoso, por eso sube el presupuesto”, explica. Lo importante es el resultado: “Es impresionante ver lo rápido que aprenden. Son jóvenes que tienen hambre de aprender, de aprovechar esta oportunidad”.

 

México, ¿país de acogida?

Conforme avanza el seminario ‘Migración forzada reciente’ el debate se abre: solo en septiembre murieron más de 3,000 civiles en Siria. Más de la mitad de la población, 13 millones de personas, han sido desplazados de sus casas; como si todo el estado de Jalisco quedara vacío. Y sin embargo, en 2016, México solo recibió 27 refugiados sirios, cuenta Gilberto Conde, investigador del Centro de Estudios de Asia y África del Colegio de México. La pregunta está latente durante todo el conversatorio: ¿México sigue siendo un país de acogida para refugiados y migrantes?

El profesor Manuel Ángel Castillo, miembro del Centro de Estudios Demográficos del Colegio de México, medita su respuesta: “México tiene una tradición como país de protección y asilo a refugiados y ante migración forzada. Pero en los últimos años, ¿qué ha ocurrido con las demandas de protección? (…) Las cifras generan cantidad de retos para lograr el cumplimiento de los compromisos internacionales que México suscribió. En los últimos años México ha sido escenario de violaciones a los Derechos Humanos de extranjeros en su territorio”, dice.

 

 

Los doce jóvenes cuentan con visa de estudiantes en lugar de visa de refugiados, con la consiguiente pérdida de derechos.

 

Aunque el equipo del Proyecto Habesha logró el apoyo de varias embajadas y consulados que les apoyaron con los trámites de los estudiantes sirios que viajaron a México, ninguno de ellos ha obtenido el estatus de refugiado, sino visas de estudiantes, con la consiguiente pérdida de derechos.

“Es una farsa que México sea un país de acogida para refugiados. No, no lo es”, responde tajante Adrián Meléndez.

Pero a cambio tiene una solución: “Tal vez, a través de contar estas experiencias de migrantes y refugiados que vienen a estudiar, logramos empezar a serlo de nuevo”.

Mientras tanto, Habesha sigue buscando fondos para traer a un joven que estaba en Alepo, una de las zonas más castigadas por la guerra en Siria, migró a Yemen para encontrarse con su familia y lo alcanzó la guerra allí. Puedes contribuir aquí: http://www.proyectohabesha.org/#donar.

LOS DREAMERS SON UN CAPITAL HUMANO IMPRESIONANTE

Diego Gómez Pickering, el cónsul de México en Nueva York,presentó su último libro ‘Un mundo de historias’ ,con el que busca generar más entendimiento entre las personas y derribar “muros mentales”.

 

 

Gómez Pickering afirma que el consulado se encuentra a la espera de la decisión del Congreso sobre la situación de los dreamers.

 

Irene Larraz │ América Sin Muros

En la clase de una plaza comunitaria en Nueva York hay migrantes mexicanos, guatemaltecos, dominicanos, salvadoreños y ecuatorianos. Algunos tienen 20 años y otros más de 70. Diego Gómez Pickering (Ciudad de México, 1977), que dirige uno de los consulados más importantes de México, el de Nueva York, y que ha trabajado como consultor en varias agencias de Naciones Unidas, les enseña a leer y escribir, y confiesa que después de muchos años dando clases, “es curioso, pero en esas clases he aprendido más que con un doctorando”, comenta por teléfono.

Gómez Pickering acaba de lanzar su último libro, ‘Un mundo de historias’, y aprovechamos la ocasión para hablar sobre migración, dreamers y el discurso de odio contra los mexicanos.

 

En ‘Un mundo de historias’ lleva al lector a través de 30 lugares, ¿de qué forma nos habla su libro de la migración?

Es una compilación de relatos cortos que no tiene un tema en particular, son historias que no están vinculadas. Sin embargo, cada uno de esos relatos toca el tema de forma tangencial: todos somos migrantes, estamos en continuo movimiento: en aviones por nuestro trabajo, porque hemos migrado de manera voluntaria o de forma involuntaria, por escapar de situaciones intolerables... Si hay algo que vincula los relatos es el tema migrante.

 

Usted señala que la lección más importante del libro es que el lector pueda entender mejor al otro, ¿cree que hace falta más empatía hacia el migrante?

Sin duda alguna. El propósito fundamental del libro es despertar empatía. En un mundo en la que la intolerancia es creciente, nos encontramos con xenofobia o nacionalismos de extrema izquierda o de extrema derecha que nos llevan a ver con miedo y con ignorancia al otro. Construimos muros de manera constante, no sólo entre países, sino entre personas: por raza, por género, por estatus migratorio, por preferencias sexuales… cuestiones que trascienden la concepción física del mismo y que se convierten en muros mentales, creados por nosotros mismos. Vemos en la diferencia un peligro, algo negativo, cuando la diferencia en verdad tendría que ser algo positivo, porque es un potencial. Tenemos que fomentar la aceptación en lugar de la división. Por eso, el libro busca invitar al lector a descubrir y ver en el otro algo propio; verme reflejado en el otro y tender puentes entre nosotros.

 

En ‘Un mundo de historias’ Gómez Pickering ofrece un recorrido por 30 relatos de distintas partes del planeta.

 

¿Por qué el que emigra se ve como un héroe y al inmigrante se le mira por encima del hombro?

Estamos viviendo en una especie de regresión como humanidad. Hemos pasado por guerras mundiales, genocidios, periodos muy oscuros, y tendríamos que ser una humanidad mucho más evolucionada. Estamos en uno de los momentos más críticos de la época moderna, golpeando en cada esquina con una gran polarización. Y la migración sin duda es un tema esencial en este sentido.

Creo, apuesto y considero que la esencia humana es una esencia buena, y que para poderla despertar hay que empezar a ser empáticos con el otro, a vivir lo que el otro vive. Si nos ponemos en los zapatos de los demás a través de la literatura vamos a generar el sentido que necesitamos. El arte, de forma más extensa, tiene que jugar un rol más decidido para empezar a tender puentes. Lo que pretendo es que el lector se vea reflejado, aunque sean historias que les suceden a personas de otro bagaje, de otra cultura o de otra religión, que se puedan ver reflejados. En la medida que empiece esa identificación, veremos a la otredad como algo propio, no como algo ajeno.

 

¿Cómo se puede combatir la criminalización de los migrantes y el lenguaje de odio contra ellos?

Yo creo que cuando nosotros hablamos de la diferencia, hablamos desde la trinchera del miedo. Esa narrativa que fomenta el miedo, nace del miedo, y este, a su vez, es una muestra de la ausencia de conocimiento, de la ignorancia. No puedo entender algo si no lo conozco. Para combatir esa creciente narrativa, que no solo se da en Estados Unidos, también se da en el mismo México o en Europa, hay que fomentar el conocimiento e incidir en combatir el miedo. Ese miedo, creo, se combate con el conocimiento. La inquietud de ver al otro, de escuchar sus historias. Tenemos que perder el miedo y volver a confiar, y eso nace a partir de conocer otras historias.

 

Usted lo hace desde su propia experiencia como profesor

Sí, yo doy clases como voluntario a jóvenes y adultos (algunos septuagenarios) en una de las plazas comunitarias del Instituto de Mexicanos en el Exterior, que vincula a la diáspora mexicana con el país. El propósito es que aquellos migrantes que no terminaron su educación básica puedan hacerlo y tener una certificación. Yo doy clases de alfabetización, el primer nivel antes de empezar estudios básicos: leer y escribir.

Lo llevo haciendo muchos años, y ahora que regresé a Estados Unidos lo quise retomar. A mí me gusta mucho dar clases; he dado clases en escuelas, en universidades, y esta era una gran oportunidad de volver a dar clases a migrantes. Es quizá un reto mayor. A mí me sorprende que uno aprende más en las clases de alfabetización que en un aula universitaria. Es parte del conflicto que hablábamos, podríamos pensar que un migrante no tiene nada que enseñar, pero en esas clases he aprendido más que con un doctorando.

 

¿Cómo ha vivido la situación de los dreamers desde que se anunció el fin del DACA?

Es una situación que a México le preocupa y le desconcierta porque no entendemos por qué rechazan a un contingente tan grande de personas tan bien preparadas cuando este ─Estados Unidos─ es su país. Son personas que han pasado toda su vida aquí, que es el único país que conocen, donde han estudiado, donde han trabajado y al que consideran su país.

Es un capital humano impresionante y no entiendo por qué alguien está dispuesto a hacer esa transferencia de capital humano de un día para otro.

Yo confío que el Congreso legisle y garantice que los dreamers puedan quedarse.

 

¿El consulado hace más por apoyarles para que se queden o por preparar su camino de regreso ante posibles deportaciones?

La red consular trabajó para subvencionar a aquellos que no podían hacer el pago completo de su solicitud de renovación; se apoyó a miles de jóvenes. También con talleres informativos. Y más allá de eso, llegado el 5 de octubre no hay mayor cosa que se puede hacer; depende al 100% del Congreso. El 5 de marzo, si no se da una legislación, habrá que ver la decisión del presidente. También se apoya a aquellos que deciden regresar antes, y que han contado con medidas nuevas como la convalidación inmediata de sus estudios. Ahora toma dos o tres días convalidarlos y reinsertarse en el sistema educativo mexicano para terminar sus estudios y que puedan certificar su profesión de manera inmediata.

 

 

 

El cónsul, que lleva un año y medio en el cargo, afirma que todos los días enfrenta situaciones complejas relacionadas con la migración.

 

¿Cuál es el caso más difícil que le ha tocado resolver como cónsul?

Llevo un año y medio en este consulado y todos los días hay situaciones complicadas de personas que no perciben el salario que deberían de acuerdo con la ley de Nueva York, personas que son amedrentadas en sus lugares de vivienda por desarrolladores inmobiliarios que buscan echarles de sus casas y vender esos departamentos... También hay muchos crímenes de odio contra migrantes mexicanos motivados por su origen. Pero cada caso es importante, y todos los días llegan retos. Lo bueno es que el consulado está ahí para acompañarlos.

 

¿Su relación con el gobierno se ha vuelto más hostil a raíz de que Trump asumiera el poder?

No, nuestras relaciones con los alcaldes, gobernadores, legisladores de Nueva York, senadores y congresistas estatales y federales, son óptimas. Si acaso, se han hecho más estrechas.

 

IMPULSAN ALTERNATIVAS PARA AYUDAR A NIÑOS MIGRANTES QUE SUFREN ACOSO ESCOLAR

Una terapeuta del lenguaje, una experta en ‘ed tech’ y la organización Educadores Sin Fronteras compartensus proyectospara apoyar a los menores que padecen bullying en sus escuelas por no poder hablar bien español.

 

Redacción América Sin Muros │ Fotos: Barnard Steele

 

“No va a haber futuro si no hacemos algo ya”, dijo Luis Wertman Zaslav, consejero presidente del Consejo Ciudadano, cuando se le preguntó por la necesidad de tomar medidas para atender los casos de acoso escolar a niños repatriados.

Si bien no existen cifras oficiales del acoso escolar a menores migrantes, el año pasado Estados Unidos deportó a 13,746 niños mexicanos y el bullying es ya una realidad cotidiana para muchos de ellos. A su llegada al país, los menores enfrentan varios retos: muchos de ellos no hablan español, y son ajenos tanto a la cultura, como al nuevo entorno educativo al que se tienen que integrar, reviviendo patrones de discriminación similares a los que vivieron sus padres cuando llegaron a Estados Unidos.

En los últimos meses, varias organizaciones de la sociedad civil como Agenda Migrante hicieron un llamado de atención ante el aumento de denuncias de acoso. En respuesta, el Consejo Ciudadano de la Ciudad de México estableció el número 5533-5533 para atender denuncias de acoso o violencia escolar, así como reformas a la Ley de Educación y al Acuerdo 286 para que la falta de documentación, como antecedentes académicos o de apostillas, no sean un obstáculo para que los menores puedan incorporarse a las escuelas y empezar a estudiar.

Pero además, la sociedad se ha volcado en su ayuda a través de diversas iniciativas particulares que han comenzado a actuar para evitar y confrontar esta situación de acoso. Aquí mencionamos tres de las más destacadas:

 

Arte para sensibilizar

Fuente: Ara Malikian

 

La organización Educadores Sin Fronteras, que reúne a docentes de todo el país, inició el programa ‘El arte de convivir en tu escuela’, con el que busca sensibilizar a niños, padres y maestros a través del arte para generar una cultura de convivencia y armonía en las comunidades escolares.

En el marco de esta iniciativa, el pasado 4 de septiembre organizaron un concierto didáctico con el violinista libanés Ara Malikian, conocido como ‘El Paganini del siglo XXI’, quien presentó ‘Mis primeras cuatro estaciones’ en el Palacio de Bellas Artes. Durante el encuentro, Malikian compartió su música y su propia experiencia como migrante. “Es grave lo que estamos viviendo en el mundo. Yo mismo fui refugiado cuando tenía 15 años. Hoy el problema, por lo que conozco en Europa, es que hay mucha desinformación sobre la migración. Se hace creer que los migrantes vienen a poner desorden, a robar el trabajo de los demás. Pero no es así. Han tenido que migrar, y a cualquier persona que decide empezar en otro lugar, hay que ayudarle”, señaló el artista.

Malikian dice que la música le salvó la vida. Aprendió a tocar el violín en plena guerra del Líbano, mientras se protegía de las bombas junto a su familia. “Musicalmente no tenemos el poder de cambiar estas realidades, pero a través de la música, de la cultura, sí podemos hacer seres más sensibles. Y siendo sensibles serán más respetuosos hacia la diferencia; seres mejores que estarán dispuestos a ayudar más”, agregó ante una pregunta de América Sin Muros. “He creído siempre en la cultura de cualquier nación, más que en las fronteras de ningún país”.

 

Terapia del lenguaje

 

Laura ha diseñado varias aplicaciones para ayudar a los niños a mejorar su pronunciación del español.

 

Laura Munguía lleva más de 30 años ejerciendo como terapeuta del lenguaje, y desde hace unos meses ha tratado de compaginar su profesión con su vocación social para ayudar a niños y adultos migrantes a mejorar su pronunciación en español.

Dichos, refranes y expresiones son las mayores dificultades del lenguaje para los repatriados, que muchas veces les impide integrarse de nuevo a la sociedad y hace que otras personas les discriminen. “Hay muchos que prefieren hablar el español, porque escribirlo sí les cuesta más ─señala Munguía─. Pero todos debemos tener las mismas oportunidades para alcanzar hasta donde cada uno quiera, y el poder hablar bien el idioma es básico”.

A través de un encuentro en los medios, se dio cuenta de la necesidad que existía de ayudar a los niños que regresaban al país con sus padres y que tenían que aprender a hablar el español sin acento para evitar que les discriminaran. “A un niño le acosan por cualquier cosa, imagínate cómo es con los que no pueden pronunciar bien el español. Están llegando muchos niños y van a llegar más; tenemos que prepararnos. Hasta hace 8 meses no había ningún material específico del lenguaje que les ayudara, así que creé a Pepe Pizarra”, dice.

 

Captura de pantalla de Pepe Pizarra, el protagonista de la aplicación Ortográfic-color.

 

Pepe Pizarra es un loro. A través de Ortográfic-color, una aplicación sencilla, Pepe ayuda a los niños con problemas del lenguaje a mejorar sus capacidades lingüísticas y perfeccionar su pronunciación en español con un juego que consiste en agrupar letras y colores a partir de su fonética.

Pero no es la única. Munguía ha desarrollado otras herramientas que pueden servir a los menores repatriados. La última de ellas, Comunicándome, estaba pensada inicialmente para las personas que sufren una embolia y necesitan reaprender a hablar, pero la experta señala que también puede a ayudar a aquellos que necesitan mejorar la práctica del español. “Esta herramienta surge para dar la palabra a quienes no la tienen o la han perdido para reeducar la palabra articulada”.

Munguía atiende en su consulta particular, en la Colonia Del Valle, y además realiza talleres para niños repatriados víctimas de acoso escolar, como el que organizó junto a New Comienzos en agosto. Pero además, siempre está dispuesta a prestar su ayuda cuando se lo soliciten, dice. “Imagínate cómo pueden ayudar estos niños a que México sea bilingüe, sólo hablando con los otros niños en el recreo, y a veces hasta corrigiéndoles a sus profesores de inglés”, añade. “Los niños son como una esponja; lo aprenden todo. Debemos hacer una cadena de ayuda a través de ellos, porque el lenguaje tiene que reunirnos, no separarnos”.

 

Educación y tecnología

 

Alma M. Rinasz ha impulsado el aprendizaje de los niños migrantes a través de la ‘ed tech’, la educación que se apoya en las herramientas tecnológicas.

 

Para Alma M. Rinasz, profesora de inglés como segunda lengua (ESL) y autora del libro ‘Deportado: Un manual de supervivencia’, la integración de los niños repatriados a México pasa por generar una mayor empatía. “Su español no va a ser perfecto, pero tenemos que hacer que la gente adopte una actitud de empatía y de servicio para facilitar su transición y asegurar un mejor mañana”, advierte.

Cuando publicó su libro, muchos padres repatriados se acercaban a ella y le pedían que lo tradujera al español, porque encontraron que podía ser una herramienta útil no sólo para los deportados, sino también para sus propios hijos.

Entre los consejos que brinda en su libro, a partir de numerosas entrevistas y de su propia experiencia, Rinasz destaca que los deportados deben comenzar a idear un plan, una hoja de ruta que guíe sus acciones. En especial, en lo relativo a la educación de sus hijos, y a otros temas de mediano plazo, para evitar que el día a día los consuma. Además, señala que es importante conocer sus derechos para facilitar los trámites que deben seguir. Y, por último, recomienda buscar a su comunidad para integrarse más paulatinamente.

Rinasz, que ha diseñado materiales didácticos para mejorar las habilidades en español y en inglés, considera que la ‘ed tech’ (tecnología educativa) puede ser la mejor aliada para los migrantes. “La tecnología, los medios y la teoría del aprendizaje son aplicados para potencializar el aprendizaje de un alumno”, ayudando a democratizar la educación.

Los niños binacionales se enfrentan a muchos retos a la hora de integrarse a la escuela en México. Sin embargo, cuentan a la vez “con una visión más amplia gracias a su habilidad de coexistir en dos culturas, lo que la socióloga Prudence Carter denomina cultural straddling”. Esto es lo que les hace más resilientes a la hora de afrontar estos retos, agrega Rinasz.

En Morelia, donde Rinasz reside, existen espacios de ed tech que pueden ser aprovechados por estos menores migrantes, como el Punto México Conectado, que ofrece clases y talleres vinculados con la tecnología, así como el City Project X, un taller de design thinking en línea. Además, cuentan con el Technovation Challenge, un programa de 12 semanas para niñas de 10 a 18 años sobre emprendimientos y programación, como presentó durante su ponencia en el Primer Encuentro de Investigación y Acción en Temas Migratorios.

 

EL FOTÓGRAFO DE LA FRONTERA

Durante 6 años el fotógrafo Francisco Mata Rosas ha trabajado en La Línea, una exposición que retrata y exploralos límitesde la frontera entre México y Estados Unidos.

 

Créditos: Francisco Mata Rosas

 

Irene Larraz │ América Sin muros

La frontera es el límite de los límites, donde todo empieza o donde todo termina. Y el fotógrafo Francisco Mata Rosas quería explorarlo hasta poder desmitificarlo. Mata Rosas, uno de los exponentes de la fotografía contemporánea mexicana y coordinador de difusión cultural de la UAM, visita Tijuana desde los 80 y hace seis comenzó el proyecto de La Línea, donde retrata una frontera diversa y compleja, muy alejada del muro imaginario que plantea el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

 

¿Qué le atrae de la frontera?

Primero su diversidad; la enorme diferencia que hay entre las distintas regiones y que, desde el centro, no nos queda claro. Se piensa en la frontera como una sola, como una región que es igual en todos lados. Y no. Si pensamos en EU nos queda muy claro que California y Texas no tienen nada que ver, son prácticamente dos países distintos. Pero exactamente igual es del lado de México. Hay enormes diferencias en paisaje, en cultura, en el tipo de gente, en la relación que se establece con EU, etc. entre Tijuana y Matamoros, entre Ciudad Juárez y Mexicali, por citar algunos.

Y luego, está otra franja transversal a la frontera que me interesa muchísimo, que es la hibridación cultural que se da en estas zonas. Es una mezcla que de manera forzada se tuvo que dar cuando se inventa esta frontera por los Tratados de Guadalupe y familias enteras quedan divididas. Estos niños no migraron, son de familias que originalmente fueron de México pero ellos ya no tienen nada que ver, y al mismo tiempo tampoco son norteamericanos. Estas contradicciones también suceden dentro de nuestro país.

 

¿Por ejemplo?

Por ejemplo, Tijuana. Es realmente difícil encontrar a alguien que tenga tres generaciones atrás que vengan de Tijuana. Hasta hace una generación, Tijuana era un lugar donde todo era improvisado y todo tenía una sensación de caducidad muy corta. La mayoría de la gente estaba con la idea de que ‘pronto todo iba a cambiar’. Vivían en una especie de limbo, sin arraigo. Ahora existe una nueva generación que ya nació allí y se sienten identificados con la ciudad, por eso están propiciando un movimiento cultural súper intenso a partir de una superposición de capas culturales, como fronteras interiores.

Pero luego tenemos el fenómeno de la migración de tránsito, principalmente de Centroamérica, que utilizan el territorio como trampolín. Muchos de ellos se quedan atrapados en México, ya sea porque no pueden pasar o porque los deportaron: son los migrantes ‘fracasados’ que se vuelven un ingrediente más a lo que hablábamos. Algunos se integran, pero otros no, y forman microuniversos dentro de la ciudad. Son personas rechazadas que generan problemas muy complicados, pero que al mismo tiempo son una expresión contundente y poderosa del fenómeno de la migración y sus consecuencias. Pero también de sus razones y de sus orígenes.

Quería retratar a estas personas atrapadas en esta otra frontera interior, en esta otra frontera paralela a la frontera que nos obliga a ver el origen: cuál es la situación de los países que los expulsan, cuál es la situación de violencia al transitar todo México, cuál es la situación de rechazo que sufren al ser deportados de EU, y cuál es la situación e rechazo que sufren al quedarse en Tijuana. Es una superposición de injusticias y de rechazo.

 

La migración siempre ha atraído a la fotografía

Sí, la migración ha sido un tema constante en la fotografía. Hemos visto excelentes trabajos, excelentes reportajes extraordinarios, por ejemplo, de La Bestia. A mí me pareció que no hacía falta una foto más de eso, que ya lo habían hecho muy bien mis colegas, y que yo podía concentrarme en trabajar en otra cosa. Entonces a mí me interesó más trabajar el proyecto de La Línea desde imágenes más metafóricas, donde a través de los objetos, el retrato y el paisaje, yo contara estas historias.

 

Con esas metáforas ha logrado convertir a la frontera en un personaje en sí

Hay imágenes donde vemos lo absurdo del muro, cómo en medio de un desierto no tiene sentido tener unas bardas como esas, o cómo la montaña se ve atravesada por una sinuosa frontera que más nos recuerda una cicatriz y que parece no sólo innecesaria, sino absurda. Es un aspecto que nos permite visualizar la frontera de otra manera, entendiendo que hay muchos tipos de frontera: muro, valla ciclónica, hay fronteras donde son cercos, crucetas, hay fronteras donde no hay nada, donde está el desierto, el río, la montaña, el mar. La diversidad de la frontera es enorme. No es un muro como imaginamos, ni como se imagina Trump.

Con eso busco la participación del espectador. La fotografía ya no es más un acto contemplativo, la fotografía es una necesidad de interacción con la imagen. La imagen pide a gritos ser leída e interpretada, y el espectador tiene que volcar ahí la información que tiene, los prejuicios que tiene, la curiosidad… Lo que quiero es preguntarle al espectador: ¿qué piensas tú, qué sientes tú, qué opinas tú? Y tratar de establecer un diálogo.

 

¿Ha tratado de hacer un abordaje menos pesimista, más neutral?

La fotografía son códigos abiertos e interpretables, no busco calificar ni concluir. En ese sentido es muy difícil interpretar narrativamente hacia dónde puede ir. Desde luego que sí hay un tono de desolación, de impotencia, evidentemente de disgusto, y creo que se nota en mis fotografías, pero también he encontrado situaciones que me han conmovido mucho. Por ejemplo, encontré parejas de enamorados entre estos deportados que no tienen futuro, que están enganchados en las drogas, que viven en la calle y lo único que les queda es el amor que se tienen. Yo tomo fotografías para eso, para hablar con la gente, para verla a los ojos y escuchar sus historias. Y el resultado es impredecible.

 

¿Explorar los límites es superarlos?

Mostrar en las imágenes lo absurdo del muro es una forma metafórica de decir que no existe. Visibilizar qué es la frontera le quita ese carácter mítico del imaginario de un gran muro infranqueable que no es así. Se pueden construir los muros que sean y no van a evitar ni el flujo de droga, ni el flujo de armas, ni el flujo de personas. Estos muros no detienen nada. La frontera es más un símbolo, una poderosa imagen que utilizan muy bien los políticos de ambos lados. En muchos sentidos mis imágenes buscan mostrar que no es como nos la pintan. Que es tan absurda, que es algo tan inútil, que realmente no debería ser una preocupación tan fuerte.

Lo curioso es que para la gente de Mexicali el muro es invisible. Cuando alguien llega del centro no puede dejar de mirarlo. Es poderosamente conmovedor en Tijuana ver este muro que entra al mar. La división de las aguas del mar tiene hasta un carácter bíblico Y pensar que a partir de ese punto empieza o acaba todo Latinoamérica. Pero la gente de la frontera convive perfectamente con ella. En muchos sentidos el muro se ha vuelto invisible para los habitantes por su cotidianidad.

 

¿Se puede recuperar con esa mirada la idea de migrar como un derecho a viajar?

Hay un montón de prejuicios y estereotipos, y la migración no es la excepción: representa a personas que no conocen ni respetan las costumbres y tradiciones del lugar, pero no nos damos cuenta que gran parte de las ciudades se han construido gracias a los procesos migratorios. Vemos en la migración el mal actual porque tenemos una memoria muy corta, pero también tenemos muy corta vista hacia el futuro, y rechazamos a las personas que vienen de otro lado. Pero la migración, los migrantes, son como un campo fértil, un espacio de batalla perfecto para esta confrontación de puntos de vista de la sociedad, para este choque de ideologías y posturas ante los problemas sociales.

 

¿Hay puntos de vista positivos también?

Yo creo que no. Primero, la fotografía en general siempre ha visto hacia abajo. Siempre ha buscado mostrar, denunciar en algunos casos, opinar en otros, sobre injusticias, desastres, la miseria humana. La fotografía nació con eso. Temas tan complicados como la migración es muy difícil abordarlos de otra manera. Sobre todo en sociedades como la nuestra, donde la fotografía sigue teniendo un papel muy importante con una carga documental e informativa. Entonces, ponerse a realizar una serie fotográfica donde se idealizara, por ejemplo, a los migrantes y donde se diera un tratamiento estético distinto, seguramente sería calificado de banalizar el problema, de esnobismo, y de volver light algo tan grave y problemático como la migración, descafeinarlo.

Tenemos tantos problemas a nivel país, tanta violencia, tanta injusticia, tanta desazón, tanta falta de idea de futuro entre los jóvenes, tanta decepción por el sistema político, de valores, económico… que abordarlo de otra manera me cuesta muchísimo trabajo imaginarlo, pero más trabajo me cuesta imaginarlo como un trabajo que fuera bien recibido. Nos falta llegar a un punto donde pueda ser tratado de otra manera. Ha sucedido con otros fenómenos: que hemos llegado a un punto donde el arte lo interpreta, explora, expone con otras estéticas, con otros acercamientos. Pero para el fenómeno de la migración creo que todavía está lejos de que así sea.

 

¿Cada vez que regresa a la frontera es un nuevo abordaje?

Cada vez que voy es distinto, porque tengo preguntas diferentes, porque exploro también nuevas maneras de abordarlo técnica y conceptualmente, pero tengo que parar. Estoy en un proceso de cerrar ya el proyecto, editar un libro y hacer una exposición que cierre esto como un periodo de producción coherente de idea de la frontera.

Lo que no va a cerrar nunca son mis visitas a la frontera. Tengo la idea de hacer una serie de retratos de personas que decidieron quedarse y que se han integrado en la sociedad y que han formado familias, o negocios, y que no me atrevería a llamarlas historias de éxito, porque de entrada es un término que importamos y que no va con nuestra idiosincrasia, pero sí me gustaría llamarlas historias de integración, sin calificarlas. Ahora conocí a una mujer haitiana en Tijuana, Lucy, que ya montó su restaurante. Entonces, tienen un restaurante de comida haitiana, la comunidad la apoyó, el municipio le está apoyando con los permisos y a la gente le da curiosidad y van. Esa es una historia de éxito o no, no sé. Sí es de éxito en la medida que puso el restaurante, pero es una historia de fracaso en la medida que no se pudo ir a Estados Unidos. Pero sí hacer retratos de esta otra historia de la migración.

 

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ESTACIONES DE AGUA EN EL DESIERTO: EL SALVAVIDAS DE LOS MIGRANTES

Varias organizaciones sociales recolectan agua y la colocan en tambos en mitad del desierto en California, Arizona y Texas para ayudar a los migrantes. Hablamos con tres de ellas.

 

Las estaciones de agua se han vuelto parte del paisaje en las zonas desérticas de los estados fronterizos de California, Arizona y Texas. Cedida por Water Stations.

 

Irene Larraz │ América Sin Muros

 

Eddie Canales, activista pro migrante y director del South Texas Human Rights Center, coloca agua en una estación cerca de Falfurrias, en Texas.

Alguien había llegado hasta una de las estaciones de agua que Eddie Canales coloca en el condado de Brooks, en Texas, y le llamó. Venía desde Guatemala. El pollero le había abandonado unas millas después de cruzar la frontera y ahora estaba perdido en mitad de la nada. Había encontrado la estación de agua y en ella el teléfono de Eddie; su último recurso.

─¿Estás bien?, ¿necesitas un rescate? ─preguntó Eddie desde el otro lado de la línea.

─No, no, un rescate no. He hecho muchos sacrificios para llegar hasta aquí. Sólo quiero un poco de información para saber dónde estoy, por dónde puedo seguir.

Canales le llevó algo de comida y el dueño del rancho en el que se encontraba le animó a quedarse un rato para descansar y recuperarse. Después de un par de llamadas el joven consiguió que unos amigos le fueran a buscar y siguió su camino, ya a salvo. “Cada tanto llama y me avisa que todo está bien, que está trabajando en Houston”, cuenta Eddie.

Muchos no corren con la misma suerte. En lo que va de año solo en el condado de Brooks, donde apenas conviven 7,000 personas, han encontrado 41 cuerpos y restos de migrantes que intentaban encontrar el rumbo hacia el norte, cuenta Canales, que después de dar la cifra guarda silencio por unos momentos.

Eddie habla desde su casa en Falfurrias, Texas, un pequeño pueblo a 15 millas de un puesto de control traicionero y a unas 75 millas de la frontera con México. La llaman la segunda frontera, y para muchos es más peligrosa que la verdadera. En los últimos 7 años se han contabilizado al menos 550 muertes de inmigrantes que trataban de evitar a las autoridades. “La gente entra al monte, un desierto lleno de árboles, nopales, cactus, pura vegetación seca y arena mezclada con pastizal, y todo es un peligro”, señala Canales.

En 2012 encontraron 129 cuerpos. Aunque la cifra podría ser mucho mayor, admite el sheriff Benny Martínez en entrevista con la BBC: “Diría que por cada cuerpo que recuperamos, probablemente hay cinco ahí desaparecidos. Eso habla del número de cuerpos que todavía están ahí afuera que no han sido encontrados”, añade.

Desde ese momento, Eddie decidió crear el South Texas Human Rights Center para ayudar a los migrantes a seguir vivos. Recolecta donaciones y compra litros y litros de agua que coloca en estaciones señaladas por una bandera azul y roja. Ya tiene 115 estaciones, y varios vecinos y voluntarios colaboran con él. “La gente pasa y uno no sabe cuántos van; es muy raro que podamos tener contacto con los migrantes, pero lo importante es que sabemos que la gente usa el agua, y es muy probable que eso les salve”, añade.

 

Water Stations a lo largo de la frontera

 

La falta de agua y el calor asfixiante son los principales causantes de las muertes de los migrantes en la frontera entre México y Estados Unidos. Cedida por Water Stations.

 

Las estaciones de agua se han vuelto parte del paisaje en las zonas desérticas de los estados fronterizos de California, Arizona y Texas, donde varias organizaciones sociales se coordinan para esta labor. De lado a lado de los 3.057 kilómetros de frontera que atraviesan el continente existen iniciativas para brindar agua a los migrantes para tratar de salvar sus vidas.

La falta de agua y el calor asfixiante son los principales causantes de las muertes de los migrantes en la frontera entre México y Estados Unidos, que ocupa el tercer puesto como lugar más mortífero para los migrantes, después del Mediterráneo y el norte de África. De hecho, en los seis primeros meses del año, el número de migrantes muertos o desaparecidos ascendió a 231, lo que supone un 38% más que en ese mismo periodo del 2016, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Sin embargo, las detenciones disminuyeron en la misma proporción, lo que significa que los migrantes son menos pero toman rutas más peligrosas para evitar a las patrullas fronterizas, según explicó en un comunicado Joel Millman, portavoz de esa agencia.

Por eso, Laura Hunter, coordinadora de la organización Water Station, ha visto cómo ha disminuido el número de migrantes que atraviesan el desierto para llegar a Ocotillo, en California. Junto con su esposo John llevan 16 años colocando estaciones de agua para los migrantes que llegan sedientos, y este año es en el que menos gente ha pasado por ahí.

“El año pasado, en agosto, rescatamos a dos muchachos que tenían 5 días perdidos, sin comer ni beber porque los había abandonado el pollero, y se pusieron contentos de que los encontráramos”, señala Laura. “Normalmente no vemos a la gente que pasa, pero a través de los años hemos encontrado monedas mexicanas en alguna de las estaciones y mensajes que decían ‘muchas gracias’ o ‘bendiciones’. Y en ocasiones nos han dejado notas en inglés que dicen ‘tomamos de su agua, muchas gracias’”.

Laura comparte una ficha que les entregó la Patrulla Fronteriza y en la que aparecen contabilizados el número de muertos: 33 en los últimos 5 años. Casi la mitad por deshidratación. “Nosotros queríamos hacer algo y empezamos a poner estaciones de agua. Es un tambo donde se colocan 100 galones de agua en una caja y los revisamos cada dos semanas. Esas estaciones se instalan de finales de marzo a finales de octubre cada año, y tenemos permiso para hacerlo”, dice.

Si bien realizan una labor humanitaria y cuentan con permiso federal para ello, hay mucha gente que se opone y cada año Water Stations enfrenta actos de vandalismo en las estaciones. “Nunca hemos sabido quiénes son. Pero además esas estaciones han ayudado a personas que tienen problemas con el carro, por ejemplo, que se les haya quedado atascado en la arena, etc. O incluso hemos ayudado a rescatar a la gente que va de fin de semana y se pierden”, relata.

 

Los desiertos de la frontera

 

Humane Border ha colocado 48 estaciones de agua repartidas por el desierto de Arizona, y cada estación cuenta con 55 galones. Cedida por Humane Borders.

 

¿Dónde mueren las personas que intentan cruzar?, ¿cómo mueren y por qué?, ¿habría algo que se pudiera hacer para evitarlo? Esas preguntas se hacía Juanita Molina hace 17 años, cuando encontraban entre 30 y 40 personas en el desierto cada año y el gobierno comenzaba a llamarlos criminales.

“Antes iban cruzando en lugares cerca de agua, pero empezaron a cambiar las dinámicas y la gente comenzó a buscar lugares más remotos, sin agua, donde podían morir más fácil. Hay muy poca agua en Arizona y eso es lo que lo hace ser un lugar tan peligroso. Uno, físicamente, no puede cargar suficiente agua para todo el trayecto. Estaban muriendo más cerca de la línea y más lejos de los pueblos. Entonces empezamos a ver más de 100 muertos al año y cuando hacían los análisis, la mayoría de las personas morían de deshidratación”, relata.

Después de conocer de cerca lo que estaba pasando, formaron la organización Humane Borders que ahora dirige, y comenzaron a poner tambos de agua en varios lugares. Y han seguido haciéndolo durante los últimos 16 años. Tienen 48 estaciones de agua repartidas por el desierto, y cada estación cuenta con 55 galones.

Juanita asegura que todo lo que hacen es completamente legal y disponen de permisos del gobierno federal. Sin embargo, tienen que enfrentar amenazas y daños en las estaciones de agua e incluso en sus propias oficinas. “Empiezan con balazos, tratan de dispararles a las estaciones de agua, tratan de recortarlas, incendiarlas”, describe. “Estamos hablando de cientos de millas de desierto completamente aislado, no hay agua, no hay recursos, hay cactus y hay mucho peligro y los accidentes terminan siendo letales, una torcedura de tobillo, o si come algo que le sienta mal. Es el extremo”. Y sin embargo hay gente que prefiere arruinar los tambos de agua, dice.

Para Juanita y el equipo de Humane Borders ha sido una tarea ardua. “Es muy difícil a nivel emocional: recibimos llamadas de personas desaparecidas, porque ven el mapa, y piensan que pueden ser su familia: si se notifica a la familia. Nosotros publicamos la identidad de los desaparecidos cuando la tenemos, pero hay más de 900 personas que no han sido identificadas en estos últimos 10 años”, cuenta. “Los familiares nos llaman y hacemos lo posible para conectarlos con servicios y vamos dando información sobre la crisis psicológica y emocional que supone. Una señora llamó a reportar a su marido y a veces ella llama a la oficina para decir ‘es su cumpleaños’ o ‘es Navidad y estoy pensando en él’. A veces es más traumático no saber que encontrar los restos”, dice Juanita con un tono solemne.

 

La organización Humane Border ha sufrido varios actos de vandalismo en sus estaciones de agua por parte de gente que se opone a ayudar a los migrantes. Cedida por Humane Borders.

 

SE BUSCAN JÓVENES REPATRIADOS QUE QUIERAN CONVERTIRSE EN DESARROLLADORES DE SOFTWARE

La organización hola < code > lanzó una convocatoria para capacitar en tecnología a 45 retornados.

 El programa de cinco meses ofrece una manutención y la posibilidad de acceder a trabajos con salarios por encima de los 20,000 pesos.

 

 

Redacción │ América Sin Muros

 

Unas pizzas sobre la mesa, cervezas y una veintena de jóvenes repatriados que quieren convertirse en hacks para desarrollar una carrera en nuevas tecnologías. Así comenzó la sesión informativa de hola, un emprendimiento social que busca ayudar a los jóvenes retornados al país a encontrar trabajo de calidad mediante un programa de capacitación para convertirse en desarrolladores de software.

Leni Álvarez, directora de admisión del programa y también repatriada, lo presenta así: “¿Have do you feel ni de aquí ni de allá?, ¿has regresado de Estados Unidos a México y tal vez no has encontrado las mejores oportunidades hasta ahora? Hola < code > es un modelo de educación en desarrollo de software con varias ventajas: puedes conseguir un empleo con un salario de entrada de 20,000 pesos; no pedimos documentos de revalidación de estudios, con lo cual no hay ningún documento que te impida seguir el curso; y ofrecemos un estipendio mensual para que te enfoques en estudiar y no te preocupes de lo demás”, resume.

La iniciativa, que forma parte del acelerador de proyectos sociales Connovo, pretende aprovechar las ventajas competitivas de jóvenes biculturales y bilingües a través de un ‘Boot camp’, un curso intensivo para emprendedores. Durante 5 meses, los 45 jóvenes seleccionados reciben una formación que adapta el currículum del programa de formación Hack Reactor al contexto mexicano. Esta metodología ha tenido tasas de colocación del 98% en Estados Unidos y ha sido replicada con refugiados en Jordania, donde todos los participantes consiguieron empleo al terminar el curso.

Ricardo Varona, un joven repatriado que piensa aplicar al programa, cree que esta es una gran oportunidad para mejorar su situación. “Hola < code >" ofrece la posibilidad de volver a soñar y perseguir nuevamente las metas que dejamos atrás. Esto ayudará a la comunidad binacional a salir adelante y a ser exitosos en nuestro país sin vivir en temor de ser reprimido por no tener papeles”, asegura.

 

Una veintena de jóvenes acudió a cada una de las sesiones informativas de Hola < code >. Fotos cedidas.

 

 

Aprendizaje de inmersión

Las condiciones son básicas: no se requiere conocimiento previo de tecnología, el estudiante no necesita contar con ningún título previo, y además recibe una manutención mensual de 5,000 pesos y tres comidas al día, salvo el primer mes (CodeRamp) donde el estipendio es de 4,000 pesos a modo de periodo de prueba. El único requisito es hablar inglés.

Álvarez comenta que con esto buscan facilitar el proceso para los jóvenes repatriados y evitar la burocracia de trámites que por lo general el retorno lleva consigo. “Buscamos talento en potencia, no importa que no sepan nada de tecnología, nuestros capacitadores tienen la idea de llevar a alguien de 0 a ‘Full-Stack Software Development’”, señala el anuncio de la campaña de reclutamiento.

El ‘Boot camp’ apuesta por un modelo de inmersión en el que el estudiante no solo recibe capacitación en tecnología, sino también acompañamiento psicopedagógico, desarrollo de habilidades blandas, y hasta clases de yoga o rutinas de ejercicio. “Queremos combatir el estereotipo de que los programadores no saben comunicarse o relacionarse y por eso hemos diseñado tareas en pares o en grupo y actividades que no están relacionadas con la tecnología ─plantea Álvarez─. Es un curso intensivo de lunes a sábado, de 9 a 9, pero es muy dinámico, la idea es que estén todo el tiempo activos”.

 

‘Sin manutención no hay retención’

En Hola < code > tienen el lema de que ‘sin manutención no hay retención’, y han apostado por un sistema de “colegiatura basada en el éxito”, en el que los estudiantes reembolsan el costo de la colegiatura cuando ingresan a un trabajo en el sector. Con ese dinero, la organización puede seguir financiando los estudios de más jóvenes el curso siguiente, replicando el modelo en cada ciclo. “Queremos darle una manutención para que no haya nada que bloquee que puedan continuar con sus estudios”, añade la directora de admisión.

Desde Connovo ya han impulsado alianzas con empresas tecnológicas para que reciban a los jóvenes egresados, y prometen salarios de entrada superiores a los 20,000 pesos, según el promedio del sector.

 

El programa ofrece un estipendio mensual de 4,000 pesos durante el primer mes y de 5,000 pesos los cuatro meses siguientes.

 

Con este sistema, la organización quiere acabar con los trabajos precarios que dinamitan los sueños con los que llegan los jóvenes repatriados y ofrecerles posibilidades de una movilidad social que les permita conseguir empleos bien remunerados. “Muchos de los que vuelven entran a trabajar en call centers o como profesores de inglés, y se quedan atrapados en esos trabajos mal remunerados”, puntualiza Leni, quien señala que con hola < code > se espera que pasen de salarios de unos 350 dólares mensuales a 1,300 dólares. “Nuestros socios de contratación se han comprometido a mantener salarios adecuados, y además es un sector en el que hace falta mano de obra”.

 

¿Cómo aplicar?

El curso comienza el 20 de noviembre y las inscripciones están abiertas a través de su página web. Mientras tanto, la organización tiene previsto organizar nuevas sesiones informativas para los interesados.